Vinos con identidad bonaerense
Vinos con identidad bonaerense
Entrevista a Matías Lucas, fundador de Cordón Blanco
Cordón Blanco es un viñedo y bodega boutique pionero en Tandil, fundado en 2008 por los hermanos Matías, Valeria y Mariano Lucas. A 260 metros sobre el nivel del mar, el proyecto busca producir vinos de alta gama capaces de expresar el clima serrano, los suelos graníticos y la identidad de una región vitivinícola todavía joven. Conversamos con Matías sobre el origen del proyecto, la expansión del vino en la provincia de Buenos Aires, los desafíos de producir cerca del mar y el impacto que esta nueva actividad puede generar sobre las economías locales.
¿Cómo nació Cordón Blanco y cuál fue tu recorrido dentro de la vitivinicultura?
Cordón Blanco comenzó con mis hermanos en 2008, después de una capacitación en enología en la que surgió la posibilidad de plantar viñedos en la zona de Tandil.
En ese momento prácticamente no existía la vitivinicultura en la provincia de Buenos Aires. Ya estaban como pioneros la bodega Saldungaray, en Sierra de la Ventana, y la bodega AlEste, en Médanos. Nuestro proyecto fue el tercero de la provincia, por lo que, de alguna manera, terminamos siendo los primeros de la zona de Tandil.
En 2014 me fui al Valle de Uco para estudiar Vitivinicultura y Enología. Ya tenía algo de experiencia por el trabajo que veníamos haciendo, pero sentía que necesitaba profundizar mis conocimientos.
Con el tiempo también empecé a asesorar inversores y a dar capacitaciones. Actualmente manejo ocho proyectos en paralelo y voy incorporando nuevos a medida que otros maduran.
Ninguno está hoy en Tandil, porque me interesa mucho observar el desarrollo de diferentes lugares de la provincia de Buenos Aires. Trabajo en zonas como Balcarce, Vidal, Sierra de los Padres e incluso Carhué.
Después de 17 años seguimos creciendo y aprendiendo con Cordón Blanco, siempre buscando la identidad de los vinos de esta región y, por suerte, con muy buenos resultados.
Lo que comenzó como un proyecto exclusivamente productivo hoy se transformó en una propuesta productiva y turística. Buscamos que el consumidor visite la bodega, conozca el lugar y pruebe los vinos en el mismo territorio donde nacen.
¿Qué importancia tiene la cercanía al mar? ¿Cuáles son sus beneficios y sus principales desafíos?
La provincia de Buenos Aires es una región vitivinícola emergente. Es un territorio donde históricamente casi no se había desarrollado esta actividad y gran parte del desafío consiste justamente en probar distintos lugares y descubrir qué identidad puede alcanzar cada uno.
Originalmente, los primeros proyectos aparecieron en zonas más continentales de la provincia. Con el tiempo se empezaron a explorar lugares nuevos, capaces de generar perfiles diferentes en los vinos.
La cercanía al mar aporta dos elementos muy importantes. Por un lado, condiciones de suelo distintas de las regiones vitivinícolas tradicionales. Por otro, una influencia marítima que puede generar vinos con perfiles muy diferentes de los que se producen en zonas más continentales, como Cuyo.
En Mendoza, por ejemplo, la posible influencia del Pacífico queda interrumpida por la Cordillera de los Andes. En la costa bonaerense, en cambio, el océano forma parte directa del clima y del paisaje productivo.
Eso es justamente lo que buscan muchos productores y enólogos que se acercan a esta región: características diferentes y una identidad propia.
El desafío es empezar prácticamente desde cero. La vitivinicultura argentina está muy arraigada en Cuyo, donde existe conocimiento acumulado, personal capacitado y una cadena de proveedores consolidada.
En Buenos Aires, en cambio, trabajamos con condiciones climáticas y edafológicas nuevas para la actividad. Hay que estudiar qué variedades utilizar, qué portainjertos elegir, qué densidad de plantación conviene y qué sistema de conducción permite que el proyecto sea viable.
Cada decisión requiere observación, prueba y aprendizaje.
¿Cómo describirías el crecimiento de la industria vitivinícola en la provincia de Buenos Aires?
No tengo hoy el número exacto, pero cuando comenzamos con Cordón Blanco había solamente tres proyectos en toda la provincia. En ese momento también empezaba Costa & Pampa, muy cerca de donde se encuentra La Paloma Barrio de Mar.
Actualmente debe haber entre 50 y 60 viñedos en la provincia de Buenos Aires, aunque todavía son pocas las bodegas formalmente inscriptas.
Lo interesante es que son proyectos que llegan con mucho desarrollo, inversión y voluntad de investigar el territorio.
Creo que una parte importante del crecimiento se está dando en zonas con influencia marítima o cercanas a las sierras, como Balcarce, Sierra de los Padres y Mar del Plata.
Son lugares muy buscados porque pueden ofrecer una diferencia concreta de producto. Y esa diferencia es lo que permite empezar a construir una identidad vitivinícola propia para la provincia.
¿Qué aporte puede hacer esta actividad a las economías locales y regionales?
Puedo hablar principalmente desde mi experiencia en Tandil, porque es el lugar que mejor conozco.
Tandil ya tiene una cultura gastronómica muy arraigada. Incorporar vinos producidos localmente permite completar y potenciar esa identidad. Es una manera de sumar valor a lo que la región ya ofrece.
En Mar del Plata, Balcarce y también Tandil, creo que uno de los aportes más importantes es el turismo. Los viñedos y bodegas amplían las experiencias disponibles para quienes visitan la zona y, al mismo tiempo, ofrecen nuevos productos locales para consumir.
Estamos desarrollando una actividad que antes no existía, con vinos competitivos y en lugares que durante mucho tiempo parecían impensados para la vitivinicultura.
Además, estamos a sólo 300 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, que concentra una parte muy importante del consumo de vino del país. Esa cercanía con el principal mercado es una ventaja enorme.
Todavía faltan muchos años de trabajo. Nadie tiene un resultado definitivo que permita decir exactamente cómo será el vino de la provincia de Buenos Aires.
Pero ya están apareciendo productos de muy buena calidad, capaces de competir perfectamente en el mercado.
¿Cómo evolucionaron la mano de obra y los proveedores locales?
La mano de obra es uno de los temas más complejos y requiere mucho trabajo por delante. De todos modos, no es un problema exclusivo de la provincia de Buenos Aires, sino de los cultivos intensivos en general.
Cada vez es más difícil conseguir personas que quieran formarse y trabajar de manera estable en estas actividades.
Por eso la capacitación es fundamental. Organizaciones como Formar Argentina, vinculada al movimiento CREA, están trabajando mucho en Buenos Aires, formando personas para desempeñarse en viñedos y bodegas.
Eso es muy positivo porque, hasta hace algunos años, en esta región prácticamente no existían oportunidades de capacitación vinculadas a la vitivinicultura. Hoy ya hay bodegas que necesitan personal especializado.
En cuanto a los proveedores, la evolución fue muy grande. Hace diez años, conseguir un insumo específico para un viñedo o una bodega era mucho más complicado. Muchas veces había que traerlo desde Mendoza.
Hoy, al tratarse de una actividad más instalada, es posible acceder a muchos productos y servicios dentro de la propia provincia, a distancias de 60 o 100 kilómetros.
Eso reduce costos, simplifica el trabajo y, al mismo tiempo, va generando una nueva red económica alrededor de la actividad.
¿Qué tipo de vinos se producen en esta región y cómo se comparan con los vinos tradicionales de Cuyo?
Hoy los vinos de la provincia de Buenos Aires son muy competitivos.
Tengo 42 años y empecé con este proyecto a los 24. Muchos de los referentes que en ese momento conocía solamente por libros o publicaciones terminaron visitando proyectos que yo asesoraba en la provincia.
Eso me entusiasma mucho porque demuestra el interés que está generando Buenos Aires como nueva región vitivinícola.
Todavía falta muchísimo camino por recorrer, especialmente cuando el objetivo es construir identidad. Pero hoy un vino de la provincia de Buenos Aires puede compararse tranquilamente, en términos de calidad, con vinos de Cuyo.
Naturalmente, las variedades son diferentes. No vamos a encontrar la misma presencia de Malbec o Torrontés. En Buenos Aires aparecen con más fuerza variedades como Cabernet Franc, Semillón, Pinot Noir o Albariño.
El consumidor entiende que se trata de una región nueva, con otras condiciones y otras variedades.
El vino queda muy ligado al lugar de origen y al año de cosecha. Eso es identidad: que el producto exprese una cosecha determinada en un terroir determinado.
Durante mucho tiempo, los enólogos fueron las grandes figuras del vino. Hoy, cada vez más, la verdadera estrella es el lugar. El terroir pasa por encima de las personas. El vino es de una determinada manera porque el lugar es de esa manera.
Esa es la identidad que buscamos construir. Y el consumidor puede comprenderla, siempre que sepamos contarla.